“No sabía qué eran los derechos humanos”


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Después de 11 años, Dilcia Mendoza afirma con una amplia sonrisa en sus labios, mientras retira las lágrimas de sus ojos: “Tengo 20 puntos psicológicamente”. A su lado se escuchan las palmadas de Claudia Carillo, psicóloga de Cofavic, responsable en gran parte de esta respuesta ante un gran dolor, guía maestra de la superación de una importante frustración. Por ello, su alegría y entusiasmo.

El camino no ha sido corto, ni fácil, ha estado lleno de espinas y de mucho dolor, sobretodo de dolor. Dolor que jamás se superará. La única certeza y esperanza es aprender a vivir con él, sin que ahogue, paralice o destruya. Y esto lo ha logrado Dilcia y su familia, tras la muerte de su hijo Carlos Alberto Mora, quien recibió varios disparos por parte de funcionarios de la Policía Metropolitana el 14 de julio de 2006, cuando el joven de 19 años se dirigía a su casa, donde vivía con su madre y hermanos, en Antímano, oeste de Caracas.

Dilcia y sus dos hijos, de ocho y 10 años, fueron testigos involuntarios del último grito ahogado de Carlos, poco después se escucharon los disparos. Ellos de antemano conocían el final, aunque no el por qué. Desde ese instante comenzó un proceso que todavía no termina. Ubicar el cadáver, enterrarlo, exhumarlo, clamar justicia, esa que es esquiva, que no llega y que en muchos casos no llegará. Mendoza y su familia todavía no la conocen. Solo tienen una frase, dicha por una fiscal: “tu hijo estuvo en el momento y lugar equivocado”.

Justamente la justicia en el escenario venezolano se constituye en uno de los principales factores revictimizadores, generando mayor afectación en las víctimas, según la opinión de Claudia Carrillo y Diana González, psicólogas de Cofavic y la Red de apoyo por la justicia y la paz, respectivamente, ong’s que se han dedicado por más de tres décadas a garantizar los derechos humanos.

Para las expertas uno de los elementos necesarios en el acompañamiento de víctimas del Estado es la comprensión de lo largo, complejo que resulta el camino legal, ya que en más del 90% de los casos no se obtiene una sentencia condenatoria en las distintas investigaciones, lo cual puede generar altos índices de frustración entre los afectados. Por tal motivo, es imperante “trabajar las expectativas y reducir los elementos revictimizadores”, al parecer de Carrillo.

En el caso de las dos organizaciones el perfil de las víctimas coincide, en líneas generales. En su mayoría son mujeres, amas de casa, que no poseen mayores conocimientos legales sobre los procesos de denuncia. “Llegan muy indignadas, con rabia, dolor, a sabiendas que lo que han pasado no es justo y no es legal. Las víctimas llegan claras que lo ocurrido no es normal y actúan, generalmente, por el instinto de cuidar a otros familiares”, indica González, quien aclara que generalmente llegan a la ong’s casi al momento de ocurrida la ilegalidad.

En el caso de Mendoza, tras el paso de una década no hay ni siquiera la mitad del camino recorrido. La mujer sabe que a estas alturas quizás nunca los responsables paguen por la muerte de su hijo, pero su proceso le ha permitido ahora ser soporte de otros que viven su misma historia, porque —en este país donde solo el año pasado fueron imputados dos mil 441 funcionarios de seguridad por incurrir en delitos de violación de derechos humanos, según la Fiscalía—, son muchas las historias parecidas y muchos los que requieren de ayuda.

Proceso fundamental para la recuperación física y psicológica de la víctima, al parecer de Carrillo, quien observa con orgullo la disposición de su “paciente”. Para la especialista es importante la conexión con otras víctimas, saber que no están solas en este proceso, y el simple hecho de verse como un “actor social” les permite iniciar la transición, al parecer de la experta. “En nuestra experiencia implicarse le da motivo, sentido a sus vidas, les permite transformar la dinámica, y hallar grandes motivadores”.

De esta misma manera opina Diana González, de la Red de Apoyo por la Justicia y la Paz, quien afirma que el sentirse como un colectivo “potencia mucho”, por lo cual considera fundamental las terapias grupales, el encuentro con otras víctimas, el poder compartir las historias particulares.

De hecho la Red de apoyo prepara un encuentro colectivo en Barlovento, con las víctimas de las 12 personas asesinadas por el Ejército a mediados de octubre del año pasado, luego de sufrir terribles torturas. Las víctimas en su mayoría eran jóvenes que fueron “detenidos” por los efectivos en medio de la aplicación de una OLP.

Las dos especialistas coinciden en el daño psicológico al que es sometida una persona vulnerada por el individuo que legalmente está llamado a proteger y a servir a la colectividad, que además porta un uniforme y una credencial, elementos que potencian la figura de autoridad ante el individuo social.

Estiman que en estos casos el impacto emocional, psíquico es mayor que en los casos donde el delincuente común es el que agrede, victimiza. Al parecer de las psicólogas la principal secuela es la sensación de vulnerabilidad en la que quedan los sobrevivientes o la víctima, dependiendo del caso. “Sienten que pueden regresar”, explica Carrillo, quien acota que el acoso es uno de los elementos más empleados por los funcionarios de seguridad del Estado.

Tal es el caso de Belkis, residente del barrio El Cementerio, de Caracas, quien a pesar que no ha acudido a una organización en busca de ayuda, sí ha caminado distintos despachos del Cicpc y de la Fiscalía en su incesante denuncia, ya que sus otros hijos y sobrinos están amenazados por los mismos funcionarios que le quitaron la vida a su hijo menor, en mayo. “No me importa que me piquen, pero tengo que protegerlos a ellos”, dice entre llanto.

Esta mujer y su familia tienen más de un año viviendo el acoso de los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana, otro elemento característico en los casos de violaciones de derechos humanos, explica González.

En este sentido, la especialista de la Red explica que los cuestionamientos de las personas vulneradas por funcionarios son automáticos, ya que las personas están consientes del abuso policial, de cuáles deben ser los límites en la actuación de los uniformados, saben que la denuncia debe ser formulada de manera inmediata, a pesar del miedo.

“El policía también es delincuente, extorsiona, matraquea, amenaza y la gente lidia a diario con esto. Entienden la actuación policial como abusiva, violenta, arbitraria. Se entiende así desde el barrio y, en este punto, entra la criminalización de la pobreza y el perfil de estigmatización que tiene el policía”, indica González.

De acuerdo con las declaraciones de las expertas de Cofavic y la Red de Apoyo cuando las víctimas acuden a estas organizaciones llegan sumamente afectadas, presentan en muchos casos gran indignación, depresión, y hasta deseos de venganza. Por ello, es fundamental el escucharlas, que se sientan importantes para alguien, y tener contacto con una persona capaz de encauzar esos sentimientos por los caminos regulares de justicia, para evitar acciones “extrajudiciales”, acota Carillo, quien reitera que —en su gran mayoría— las personas que llegan hasta sus oficinas son mujeres, amas de casa, sin mayores conocimientos académicos, pero motivadas por la indignación y los deseos de justicia.

“Cuando llegué a Cofavic no sabía qué eran los derechos humanos. En 11 años me he ido preparando, formando, aprendiendo de leyes. En este tiempo he tenido momentos en los que me he caído, pero por mis hijos también me he vuelto a levantar”, reconoce Dilcia, quien hoy integra una asociación de ayuda a personas víctimas de la violencia estadal, acción que le permite retribuir lo que ha recibido.

“Es como dar lo que recibí, dar un poquito de mí. Es valorar al otro, que no se queden atrás, que sigan con sus procesos. En la medida que nosotros como víctimas actuemos tiene que haber justicia, esos psicópatas no pueden quedar afuera, violando derechos humanos, perpetuando este dolor en otras familias, porque la tragedia afecta a todos los miembros de un hogar. A mí me falta mucho por delante, pero hoy me siento en paz, después de muchos años, logré curarme del mal del odio”.

Fuente: Panorama

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