Hablemos de educación en y para los derechos humanos


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Mucho se habla de la educación como la cura mágica para todos los males de la sociedad, y aunque ciertamente representa un pilar fundamental en la construcción de ciudadanía, de valores democráticos para la convivencia y en definitiva para promover el goce de la dignidad humana, también es cierto que no debe hablarse de cualquier tipo de educación.

Aparece en juego la noción de educación en y para los derechos humanos como mecanismo, estrategia, herramienta u objetivo (según desde la óptica en que la veamos) para configurarse como un pilar necesario en cualquier sociedad y como un eje transversal en todo proceso de la vida ciudadana, que permea no sólo el ámbito educativo, sino también el de las políticas públicas, el de la toma de decisiones, la organización comunitaria, la investigación, y un largo etcétera.

EN y PARA los derechos humanos

En ese sentido, debemos revisar esta noción desde sus dos aristas fundamentales. La primera, educación EN derechos humanos, se refiere al contenido temático en materia de derechos, al marco conceptual que sirve de punto de partida para debatir y conocer definiciones básicas sobre las cuales todas las personas pueden encontrar un punto de partida para vivir dignamente. El segundo, la educación PARA los derechos humanos, implica incorporar en el hecho educativo la discusión del sentido práctico de los derechos y su objetivo final: la dignidad del ser humano.

Incluye, desde la integralidad conceptual y programática, conversar sobre cuestiones vinculadas a la vida misma, al desarrollo humano.  Se privilegia la inclusión de valores democráticos y principios fundamentales como dignidad, igualdad y no discriminación, respeto, progresividad, universalidad, inclusión, entre otros.

En pocas palabras, se trata de entender el qué, cómo y para qué son o sirven los derechos humanos, en un sentido práctico y útil, que trasciende la incorporación del tema como una materia especifica dentro de la malla curricular, en tanto trasciende el aula de clases para instaurarse en todos los aspectos de la  vida, en el constante interactuar con nuestros pares o con el Estado.

Metodológicamente hablando

Ahora bien, mucho se ha avanzado en el mundo sobre esta forma de hacer educación y se ha instaurado cada vez con mayor fuerza, en la medida que es asumida como una necesidad y como un aspecto clave que coadyuva al éxito de las sociedades democráticas – ya no como un riesgo – en tanto promueve sociedades más justas, personas más educadas, sensibles y conscientes de sus entornos, sus derechos y las formas para exigirlos.

Ello implica, entender que no se trata de una actividad dentro de la escuela, sino de transversalizar los derechos humanos en la vida misma, en la comunidad, en la familia, en el reclamo por buenos servicios públicos, en la organización comunitaria, en la construcción de propuestas para su reconocimiento dentro de las políticas emprendidas por el Estado; por tanto, no es una materia más, sino una forma de aprender haciendo.

¿Es esto posible en términos reales?, la respuesta siempre va a ser SI y muchas experiencias así lo demuestran, lo encontramos en la profesora que enseña fórmulas de física en una cancha de futbol, en la maestra de biología que enseña sobre botánica en el jardín de la escuela, en la señora que enseña sobre derecho a la alimentación en la cantina del liceo, en la directora que promueve la participación de estudiantes en la toma de decisiones, en el señor que enseña a sus hijas e hijos a luchar por sus derechos, en la líder comunitaria que lleva de manera trasparente las cuentas del barrio, en la maestra que cree en el reforzamiento positivo y conversa antes de regañar, en los paseos escolares para conocer la geografía de la comunidad.  En fin, millones de ejemplos.

¿Lo complicado? Que todas y todos entendamos que es necesario, que no se requieren recursos –económicos y materiales – extraordinarios para poder llevar a cabo este tipo de educación, que empoderar no es un riesgo para la autoridad, sino que la hace horizontal y asequible. También implica ser creativo y salirse de los patrones tradicionales y clásicos en las formas de educar, aprender a utilizar las herramientas que nos ofrece el entorno, promover el diálogo desde la inclusión e igualdad de oportunidades, pero sobre todo ver su utilidad para el crecimiento y fortalecimiento de personas con capacidad de saber, entender y luchar.

Adicionalmente a ello, requiere voluntad de todos los actores involucrados, especialmente del Estado, quien en definitiva es responsable por el diseño, ejecución y evaluación de políticas educativas que beneficien a todas y todos por igual, a través de planes y programas inclusivos que faciliten, especialmente en el ámbito escolar (bien sea para niños, niñas, adolescentes o adultos), la incorporación de este enfoque.  Del otro lado, la sociedad tiene un rol fundamental que trasciende la calidad de participante, para jugar un rol protagónico en la construcción de la educación en y para los derechos humanos.

 

 

Artículo de opinión de Francisco Martínez para Correo del Orinoco 

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