Entre el espanto y la ternura


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“Solo dañamos a los demás cuando somos incapaces de imaginarlos”

Carlos Fuentes.

En las calles de Caracas se respiran, sienten y perciben miles de estímulos, los que van creando una amalgama de múltiples sensaciones: los olores se entremezclan con el sonoro repicar de una salsa erótica, cada espacio de gris color monocromático propio de las ciudades cemento, está invadido por el efecto policromático de la naturaleza, mostrándonos día a día al transitar la ciudad, como sus calles están llenas saciadas de vida. Ahora bien, en esta abundancia de sensaciones, hay un exceso un margen de alta intensidad que nos desborda en lo cotidiano, situándonos ante escenificaciones que nos ubican muy cerca de la muerte.

El espacio escénico que nos recibe al despertar al alba nos invita a transitar por múltiples ciudades, todas contenidas en una cartografía de emociones diversas; alegrías, tristezas, miedos de diferentes intensidades, rabias, ternuras. El problema es que mientras el ocaso se acerca, la ciudad comienza a sufrir su abandono dejándonos ante una ciudad que teme de sí misma. Tal paisaje, imagen clara y evidente de los espacios que estamos abandonando nos hablan de una estética de lo social, cuyas miradas no ven más que violencia, el miedo se apodera y en ese preciso momento el otro y la otra deja de existir, caminamos entre desconocidos atravesando la ciudad como espacio donde habita el riesgo mientras intentamos llegar a nuestro destino.

La ausencia de espacios para el encuentro y el reconocimiento, profundiza la crisis que se ha posicionado dentro de lo vincular. Esta realidad que irrumpe en lo cotidiano es la que impide la posibilidad de conformar un común encuentro de singularidades, trazando ciudades en ruptura en las que impera una “individualidad que rompe con la inclinación del uno hacia el otro o del uno al otro” (Nancy, J. L. 2002) prevaleciendo una separación-exclusión del otro u otra en la que se establecen fronteras rígidas que impiden la posibilidad de ser y estar en común.

Es habitual recurrir a respuestas causalistas y simplistas ante la realidad de la violencia, en las que basta con indicar a una culpable o a un culpable directo para intentar dar respuestas o soluciones de efecto inmediato, siendo común el recurso del banquillo de los acusados. En ocasiones los únicos culpables son los malandros, sujetos que cargan con rostros y corporalidades sospechosas, en otras le toca al gobierno y todo lo que ocurre se debe a su incapacidad e ineficiencia, en ciertos periodos nos enfocamos en los cuerpos de seguridad y orden (policías, Guardias Nacionales y CICPC indistintamente), con aires de descubrimiento apelamos a la impunidad que no pasa de ser más que una caricatura abstracta del problema, y así, vamos de uno en otro cuál sillita musical, dando vueltas incansablemente esperando que cese el sonido.

Las expresiones de violencias en nuestras sociedades ya son asimiladas como algo normal, como parte del día a día, y de acuerdo con las vivencias sociales e históricas nos ha acompañado a lo largo de los siglos, presentándose como una condición estructural y estructurante de las dinámicas sociales y de las subjetividades individuales. Por tanto, estas violencias que nos habitan no son expresión de las décadas cercanas y mucho menos son generadas por las tensiones que podemos estar acumulando por las situaciones de crisis vividas en el país.

La forma como habitamos la ciudad está siendo subsumida por la banalización de la crueldad, que nos da cuenta de cómo nos estamos relacionando en estos espacios de interacción urbanas en los que predominan -según Humberto Maturana- la falta de confianza y el permanente deseo de dominio, y por tanto, no “vemos o vemos demasiado tarde que no es el control sino que la comprensión lo que le da armonía al vivir”. Vamos de una vez por todas a desandar estos caminos, también a evitar ciertas voces que nos dicen que hay un camino. Ahora nos toca detenernos un poco para sentir la urgencia del sufrimiento, no para buscar las respuestas (más bien somos nosotras y nosotros los preguntados) sino para asumirnos en resistencia ante la crueldad, armándonos con municiones de ternura como un acto digno (no ingenuo) y una acción política necesaria en estos tiempos duros y salvajes; es urgente evocar a la ternura e imaginarnos nuevos vínculos posibles que tengan a la ternura como base ética del sujeto.

Estamos llamados a la construcción de nuevos modos de con-vivir que sean distintos, desde los cuales nos atrevamos a mirar y actuar de otras maneras. Se trata de ser radical, actuar radicalmente (es decir, ir a la raíz) para alcanzar el núcleo del ser humano, y transitar por el mundo de los sentidos, desde donde retomar la esperanza en abierta ruptura al conformismo generalizado. Volver a recuperar la capacidad creadora capaz de construir una estética que acabe con el pensamiento único, retomando así el pensamiento sensible creador de arte y cultura y el pensamiento simbólico en donde se aniden las palabras necesarias para emprender un nuevo trato sostenido en la ternura

Artículo de opinión de Camilo Artaza Varela para Correo del Orinoco

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