Acompañando en medio del dolor


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Si no creyera en quien escucha si no creyera en lo que duele

si no creyera en lo que queda si no creyera en lo que lucha (…)

Silvio Rodríguez

La realidad que irrumpe con los golpes certeros de la violencia no hace más que arrebatar los días y las noches, rompiendo con lo cotidiano y es allí donde podemos encontrar aquel preciso instante de despertar, siendo el dolor un catalizador para construir nuevos sentidos de lucha por la justicia.

Un familiar nos cuenta que “El dolor fue un despertar, el dolor que paso con mi hijo que me lo mataron fue un despertar, porque yo vivía una rutina, estaba en un vició, en una burbuja cuando esto pasó, no sabía a donde iba y cuando llegué aquí, vi que podía comprender y que podía hacer”. Ante la irrupción del acontecimiento traumático, ese que arremete con la crudeza de lo inesperado, se da inicio a un estado que es descrito por muchas y muchos como el empezar a “aprender a vivir en medio del dolor”, encontrándonos con el padecer de la perdida “dicen que hay que superar la muerte, y eso no se supera se aprende a vivir con ella, buscar las cosas bonitas, los ejemplos y buscar y buscar, uno no se cansa de buscar”.

Sentir y existir

El ser una víctima pasa a significar un nuevo estar, sentir y existir asumiéndose como condición de vida, integrándose nuevas tramas de sentido que van a acompañar el día a día de cada una de las personas envueltas en los escenarios del dolor.

 

El recuerdo pasa a ser el resquicio en donde el cuerpo-ausente es evocado desde el dolor y el miedo; dando lugar a la circulación de la palabra que comienza a latir bombeando desde su insistencia las fuentes que van constituyendo el testimonio, y así nos dicen que “El miedo va como ligado con el dolor que nunca se termina, siempre vamos a recordarlo y es como que uno nace y se muere, pero acá es que te quitan la vida y eso no es que te tocaba”.

Acompañando el duelo

Estos testimonios, están relacionados con tres funciones importantes “nombrar las violencias padecidas, hace y acompaña el duelo y establece una relación con otros” (Veena Das 2008). El testimonio como tal, opera como un acto reivindicativo que irrumpe y abre paso en contextos sociales en que predomina la impunidad. Y en esos contextos que se encuentran subsumidos en la banalización y naturalización de la violencia se alzan algunas voces que emergen como resquicios, reacciones individuales que comienzan a plegarse en acciones colectivas que hacen espacio de lo común, y que permiten que en “medio del dolor nazca la esperanza”.

La justicia comienza a tener una forma de cuerpo colectivo, conformado por la fuerza con que cada víctima iba encontrando refugio y contención en unas “manos que en medio de su dolor”, abren los espacios necesarios para poder comenzar a entender los dolores personales. Y es allí, en ese cuerpo colectivo dónde se abre el arcoíris del encuentro solidario y comenzar a descubrir que “Es desde su dolor y solo veíamos que es el que me va ayudar, es esa mano que en medio de su dolor nos ayuda a entender que tenemos un dolor, pero ya vemos como una transformación, como una esperanza de que se haga justicia”.

Así el apoyo que se encuentra en la mano solidaria de otras víctimas sirve como un sostén social, que supera en estos casos la función de la o el psicólogo que actúa desde la noción de terapeuta especialista, curador de enfermedades individuales. El dolor que se desprende del ejercicio de la violencia producto del abuso policial que se expresa principalmente en las zonas empobrecidas (barriadas de Venezuela), no puede ser atendido desde la asepsia del consultorio, puesto que este dolor no es un síntoma individual, sino más bien nos habla de un síndrome social.

El que las víctimas encuentren un espacio de apoyo y acompañamiento en medio del dolor, opera como un enhebrador de voluntades desde donde se prepara el espacio social para pensar e impulsar procesos de contención y movilización del dolor, porque como lo han relatado “Si es verdad, no tenemos un título profesional no somos médicos, ni psicólogos, nuestro único título es ser seres humanos”, condición de lo humano que se impone con la fuerza ética del cuidado y del amor.

Aconsejo desde el dolor

Por eso, concluyo con la fuerza de aquellos grupos, en donde predominan experiencias como esta: “Aconsejo desde el dolor desde el luto, así como se ve en toda esta familia que somos nosotros, ese luto que nos embarga a todos, que no es un luto de dolor es un luto de unión de familia. Antes yo era puro dolor, me ponía con esa melancolía y ahorita es un luto de alegría de ver que a mí no solo me ha pasado eso, y que a mucha gente le ha pasado y hay que superarlo, y que hay otra gente que necesita de nosotros para que también vea que hay esperanzas”.

Este último relato opera como cierre no conclusivo, siendo un agenciamiento de lucha y dignidad que responde a una necesidad de continuar en medio del dolor, que se hace cuerpo en un conjunto de mujeres y hombres que comienzan a caminar viviendo el luto de alegría y esperanza.

Artículo de opinión de Camilo Artaza Varela en Correo del Orinoco 

 

 

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